Más que una simple actividad

Cuando la fe se debilita, algunos se preguntan: ¿no es suficiente con ser una buena persona, hacer simplemente el bien? La pregunta puede tener diferentes vertientes. Desde quien se lo pregunta porque piensa que hacer el bien es una actividad como otra, hasta los que se lo plantean como alternativa a la fe cristiana. El ejercicio de la caridad es más que una simple actividad, es más que «hacer cosas» por los demás. Hay un «plus» en el amor del cristiano.

«La actuación práctica —dice Benedicto XVI— resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo. La íntima participación personal en las necesidades y los sufrimientos del otro se convirte así en un darme yo mismo: para que el don no humille al prójimo, no sólo he de darle algo mío, sino yo mismo; ha de ser parte del don como persona.» Los cristianos podemos dar razón del fuego interior que enciende todo lo que somos, hacemos y decimos, cuando nos damos solidariamente del todo.

La caridad jamás es excluyente, sino integradora. Va más allá del dar para poder recibir o darse para conseguir un reconocimiento personal. Llega incluso a probar la cruz, como Jesús y, por eso, puede dar a entender el valor sacrificial del esfuerzo, la razón de gastar la propia vida a favor del otro, el valor redentor de la dimensión radical del actuar cristiano. Los primeros cristianos lo entienden muy bien cuando captan de Jesús su apasionado amor a toda persona y el carácter extremo del amor a los enemigos.

Cuando se preguntaba a la beata Teresa de Calcuta de dónde recibía la fuerza para llevar a cabo un trabajo tan duro entre los más pobres decía: «De la misa de cada día.» La oración se convierte así en el revulsivo que mueve a vivir según Jesús los valores del Evangelio y libera de caer en aquel activismo que puede vaciar de sentido una opción de voluntariado. Quien reza como lo hace y enseña Jesús no pretende que Dios se ajuste a nuestros planes, sino que más bien nos predispone a aceptar con amor los suyos.

La dimensión trascendente que la oración da a la vida y los vínculos de solidaridad que se derivan de ella hacen que toda la actividad humana tome aquella dimensión nueva que nos prepara para el mejor servicio caritativo.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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