«Atraeré a todos hacia mí»

Lo dice Jesús. Lo ha dicho refiriéndose al momento en el que será elevado en la cruz para que lo contemplemos en esta incomprensible situación y creamos que es justamente ésta su fuerza de atracción. Así lo vimos el Domingo de Ramos en la Sagrada Familia después de escuchar la lectura de la Pasión según san Marcos y fijando con emoción nuestros ojos en el Crucificado que preside la basílica de Gaudí. Admiramos que con un zoom instantáneo también lo hicieran las cámaras de televisión. Era la respuesta colectiva a la pregunta que pide por el secreto de tanto atractivo y que nos decía al oído «no fijéis los ojos en nadie más que en Él».

Contemplar el rostro de Cristo Hijo, Sufriente y Resucitado en una única mirada es lo que más equilibra la visión de este Jesús hasta el punto de que un no creyente llega a decir: «¡Es verdad, este hombre es el Hijo de Dios!» La atracción de Jesús ha tocado el corazón de alguien que había sido indiferente y ahora, en la contemplación de quien ha estado elevado, orienta hacia Él no sólo la mirada sino toda su vida. Es el resultado del encuentro con Jesús.

Si esto es así, podemos concluir que es la fuerza de la Resurrección la que hace que la atracción de Jesús hacia él sea la fuente de nuestra transformación interior y el impulso misionero para darlo a conocer. Si Jesús nos atrae hacia él no es para mantenernos inmóviles sin hacer nada o encerrados en unas devociones que nos dejan sentimentalmente satisfechos, sino para que estemos dispuestos a dar la vida como él y hacernos así creíbles, impregnando de Evangelio nuestro entorno. Entonces, ¡habremos evangelizado nuevamente!

Bendición de Domingo de Ramos del obispo Sebastià Taltavull

El tiempo pascual es el tiempo de la confianza, de la alegría y del anuncio, tiempo de nuestra encarnación en la «Galilea» de la diversidad cultural, presentes en el atrio de los gentiles donde cada día encontramos nuevas oportunidades de encuentro con el Resucitado por el solo hecho de encontrarnos con alguien a quien podamos acoger y amar. Ellos y ellas tienen derecho a sentirse atraídos por Jesucristo e invitados a vivir sus consecuencias. Sin embargo, somos nosotros, los creyentes, quienes tenemos que querer llevarlos a Él y decirles «¡Mirad al Cordero de Dios!» y dar así el humilde testimonio de que «es Él quien ha de crecer y yo debo menguar». Sólo Él puede atraer, sin embargo, cuenta con nosotros para que sean muchos quienes lo vivan gozosamente.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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