Un sí gozoso a la confianza

Hoy en día observamos fácilmente que muchas personas experimentan la necesidad de referentes fiables. Se vive de la perplejidad y sufrimos una crisis de modelos. Son muchos quienes echan en falta a alguien que les acoja y les haga caso, que les escuche, que interprete bien sus sentimientos, que les ofrezca una sincera comunicación. Esta carencia a menudo es sustituida casi instantáneamente por ofertas materiales, por el atractivo que tiene el culto al propio yo y a la imagen, por la sofisticación de tecnologías más nuevas y por tantas malas hierbas que crean dependencia.

Sin embargo, la sed de relación humana no queda saciada y solicita nuevas mediaciones. Entre la propuesta de confianza y el esfuerzo para que el uso mediático sea humano y deshumanizador, existe una tendencia a proteger la soledad que crea la necesidad casi biológica de estar conectado, aunque sea desde la obsesión individualista de controlar todo lo que nos rodea. Sin embargo, ¿qué encontramos?

Encontramos individuos solitarios yendo de un sitio a otro sin un ideal, aferrados al móvil sin necesidad, identificados emocionalmente con los más sofisticados aparatos electrónicos, encerrados frente al ordenador y ampliando redes de intercambio con conocidos y desconocidos, a menudo ausentes de lo que sucede a su lado, insolidarios y pensando sólo en ellos y en su círculo de dominio. Es muy triste caer en estas trampas.

Aún así, las conexiones no siempre solucionan el vacío existencial que uno sufre. Debemos ir más allá y esforzarnos a descubrir que la relación, para que sea auténtica, debe ser más humana. Pienso que eso vale para todos a causa de la necesidad de no ir solos por la vida, de vencer el virus del individualismo y de darnos más a ejercer la proximidad.

En cualquier lugar humano, el acompañamiento mutuo, afectivo, próximo y sincero, con el diálogo de las palabras, de los gestos y del corazón, cara a cara y sin intermediarios sofisticados e impersonales, sin duda otorgará una nueva fisonomía al trato cotidiano y se asegurará un clima de confianza que borrará el miedo y la sospecha. A todo este mundo nuestro, complejo y perplejo pero, al mismo tiempo, con un enorme potencial de bondad, el Evangelio también tiene palabras que decir y debemos dejar que las diga. Démosle también la confianza y que sea el mejor referente.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

 

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