Signos de los tiempos

Encíclica sobre la Paz en la Tierra

Con ocasión de la celebración del cincuenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, escuchamos frecuentemente la expresión «signos de los tiempos» y hemos podido entender que designa una realidad muy actual. Cuando Juan XXIII publica su encíclica sobre la Paz en la Tierra el 11 de abril de 1963 la pone en rodaje y es tan novedosa que inicia una peculiar forma de situarse frente a los acontecimientos que exige atención, profundidad, espíritu crítico y, sobre todo, fe.

Así lo ha entendido la Iglesiacuando, para cumplir su misión, ha dicho que «todo el mundo tiene la obligación de escrutar los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, puedala Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la mutua relación de ambas» (GS 4).

Saber qué sentido tiene cada momento histórico en los planes de Dios me suscita esta pregunta: ¿qué quiere decirme o quiere decirnos Dios en cada acontecimiento del tiempo, sea favorable o adverso? La pregunta se fija en la calidad religiosa de todo lo que pasa, nos afecte o no directamente, y que contiene algo que Dios quiere decirnos a través de él. La voluntad de comprensión y la oración silenciosa son el marco más idóneo para ir descubriendo la respuesta.

Pensemos que, en el Evangelio, Jesús lanza esta pregunta que nos interpela fuertemente: conocéis la meteorología, y «no sabéis discernir el tiempo presente?» (Lc 12,56).

Existe un tiempo para cada cosa, hay una respuesta a cada pregunta, un sentido de aceptación a cada propuesta. Por eso, Jesús pide la adhesión personal de la fe como respuesta al tiempo nuevo que ha venido a inaugurar. Los hechos demuestran la autenticidad de su misión: los discípulos de Juan Bautista le preguntan: «¿Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro? Jesús les responde: Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo!» (Mt 11,3-6).

Hoy la pregunta sigue más viva que nunca; la respuesta provendrá de la lectura creyente que hagamos de los signos del Reino —palabras, hechos y acontecimientos— que observamos cada día.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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