Iniciación y madurez cristiana

Ésta es una cuestión obvia y normal en toda persona que quiere prepararse bien para vivir su propia vocación. También los cristianos, para llegar a serlo de verdad, necesitamos pasar por este proceso en el que somos iniciados en nuestra fe. Lo decimos frecuentemente: somos muchos los bautizados, sin embargo, ¿cuántos realmente hemos querido ser iniciados?, ¿cuántos aceptamos de corazón ser evangelizados?, ¿queremos crecer y estar al día?

Desde siempre, ha sido la catequesis la que ha tenido la misión de acompañar este proceso de crecimiento cristiano, que vela por las diferentes etapas de formación hacia la madurez y por las que pasamos. En circunstancias normales, en una familia cristiana es ella quien realiza la primera iniciación a la fe. Lo mismo debemos decir en el ámbito de la educación, no sólo desde la enseñanza que proporciona contenidos para aprender y asimilar, sino sobre todo desde el testimonio cristiano que transmiten los educadores. Tanto unos como otros, familia, catequistas y educadores, tienen en su mano la posibilidad de realizar esta obra de artesanía que es iniciar en la vida cristiana a quienes les han sido confiados.

Uno de estos retos que hoy se nos presentan es, pues, cómo llegar a la madurez cristiana y poner todos los medios al alcance para conseguirlo. Como cristiano no se nace, sino que vamos haciéndonos con el don de la fe que Dios nos concede, necesitamos apoyar a quienes han de dar su libre respuesta, la cual significa tomarse seriamente la iniciación cristiana. El beato Juan Pablo II dijo que una minoría de edad cristiana y eclesial no puede soportar los embates de una sociedad crecientemente secularizada.

Ante la demanda religiosa que existe, se detecta aún más la necesidad de ser adulto en la fe cristiana y abrir los ojos a la exigencia de ofrecer una amable acogida, una valiente propuesta y un constante acompañamiento. Todos necesitamos ser iniciados en el encuentro con Jesucristo, el Señor, y en el sentido de pertenencia a una comunidad fraterna, la Iglesia, ya que es ella quien nos abre los brazos para acogernos y acompañarnos a lo largo de nuestra vida.

Por todo eso, debemos repensar, y cambiar si hace falta como gesto de conversión, muchos de nuestros esquemas personals y eclesiales si realmente queremos que nuestras familias, parroquias, e instancias educativas, manteniendo la capacidad de ofrecer la posibilidad de acceder a la fe, de crecer y testimoniarla en las condiciones normales de la vida. La iniciación a la lectura orante de la Palabra de Dios y a la dimensión comunitaria de los sacramentos, como también la iniciación al testimonio cristiano desde la encarnación en la vida de nuestro pueblo, como hacía Jesús, pueden constituir ya unos pasos decisivos que hagan vislumbrar un nuevo horizonte.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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