Un Concilio con ardor evangélico

Es cierto que muy pronto se cumplirán cuarenta y seis años de su clausura, sin embargo, su actualidad sigue vigente para aquellos que, leyendo con limpieza de corazón los signos de los tiempos, saben extraer de él no sólo la letra que explica la necesaria renovación de la Iglesia, sino sobre todo el espíritu que la puede hacer posible. Aún nos damos cuenta de lo mucho que queda por hacer, especialmente cuando pensamos en las respuestas que tenemos que dar hoy a tantas preguntas y retos. Lo podremos hacer desde una Iglesia siempre en movimiento y dispuesta a cambiar, unida estrechamente a Cristo y dispuesta a serle fiel, amando y sirviendo.

Cuando estamos atentos a las personas, a los acontecimientos y vivimos encarnados en la realidad, como hizo Jesús, escuchamos muchas voces que piden un esfuerzo de retorno al Evangelio que se traduzca en hechos de conversión, en más entusiasmo por el seguimiento de Jesús, en una visible pertenencia a una comunidad de fe, en una mayor claridad de mensaje y celebración, en gestos de más servicio, en una opción de vida más solidaria que permita compartir, en definitiva, en una mayor coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos.

Todo esto está en el corazón de la renovación conciliar. Lo aprendimos hace años, sin embargo, lo sentimos como una necesidad siempre actual de hacer una Iglesia que cree y espera en el diálogo con el mundo de hoy, porque sabe que en él hay sembrada mucha semilla de Evangelio y que hay que detectarla. Jamás una Iglesia a la defensiva, dominada por el miedo y la desconfianza.

Sabemos por su Palabra que Dios ama al mundo y que ha enviado a su Hijo Jesús no para condenarlo, sino para salvarlo. El mensaje evangélico que llevamos es un tesoro. Sólo una Iglesia que vive de él y no se deja secuestrar ni queda deslumbrada por las rebajas, sino que es totalmente libre, puede acercarse a alguien y decirle una palabra convincente.

Me duele ver que todavía hay quien cree que con el dominio y el poder coactivo se hacen adeptos y así dividirnos en buenos y malos. Eso no atrae ni salva a nadie, sólo condena y toma formas muy sutiles, como las de aquellos que yendo contra Jesús pensaban que daban culto a Dios. No es honesto avanzar dejando a los demás en la cuneta.

Desgraciadamente, la corrupción del corazón existe cuando, de forma declarada o desde la cobardía del anonimato, cometemos la injusticia de la mentira, la injuria y la descalificación sistemática. Nada más lejos del amor de Dios y de una comunidad de hermanos, hijos de Dios por el bautismo, que quieren irradiar esta dignidad y reconocerla en los demás. Hay mucho por hacer, todavía, porque el ardor evangélico que nos contagió el Concilio y que procede del Espíritu llegue a configurar todos nuestros compromisos personales y comunitarios, y renueve desde el amor todos los ambientes.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

Castellà, , , , , , , Permalink

Deixa un comentari