La amable caricia de Dios

El cristianismo es una propuesta de felicidad. Soñar es muy legítimo y soñar la felicidad, necesario. ¡Quizá urgente! Necesitamos una visión esperanzada que deje espacio a Dios y a la fuerza de las bienaventuranzas evangélicas, no la visión a menudo frecuente de un repliegue obsesivo sobre los propios males. Hoy, puede llegar a ser un signo profético luchar contra la lamentación que sólo ve mal por todas partes y no hace nada para remediarlo. A pesar de las dificultades, Dios nos quiere felices.

¡Hay muchas personas de buena voluntad!, ¡tanta gente buena en el mundo y entre nosotros! Su testimonio mueve a inspirarnos en proyectos positivos, solidarios, creativos. Lo vemos cada día. Su actuación, discreta y humilde, hace que nos fijemos en la semilla de Dios sembrada por todo el mundo. Son una invitación a limpiar los ojos de la cara y del corazón, vivir la sencillez que nos hace ser abiertos, ejercitar la compasión que nos acerca a los hermanos más necesitados sin hacer publicidad, trabajar las buenas relaciones humanas para gozar de una convivencia en paz, encajar los momentos difíciles e, incluso, la contrariedad de la persecución o la calumnia. Todo ello, sin perder ni un solo momento la voluntad de amar.

Éste es el panorama que presenta Jesús cuando nos denomina «felices». Las bienaventuranzas no son un programa para hacer propaganda, sino la amable caricia del Dios que ama y me dice: «¡No temas, confía, porque estoy contigo!» Se nos ha acostumbrado a «felicidades» que son de compraventa, todo un simulacro de falseamiento de la realidad que pretende deslumbrarnos, pero la felicidad no llega.

Sin embargo, Dios no retira su oferta y lo que da lo da totalmente. De nuestra parte y para recibirla, sólo pide un gesto de proximidad. El problema de la infelicidad no es Dios, sino nuestra lejanía de él. La ternura del amor de Dios y la belleza de todo lo que han hecho sus manos piden nuestra admiración, contemplación, bendición y agradecimiento. Los sueños pueden llegar a ser una realidad cuando permitimos que Dios entre en nuestra vida y nos conceda una nueva forma de verla, la misma con la que él la ve y la ama.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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