También de los jóvenes debemos aprender

Los jóvenes son muy claros en sus respuestas. Lo he escuchado directamente de ellos, hablando con ellos. ¿El mayor problema? El paro, han respondido sin ninguna duda. Sabemos que la causa es una crisis generalizada. Y ¿la causa de la crisis? ¡La avaricia!, ha dicho rápidamente uno de ellos. Una respuesta como ésta deja entrever una dolorosa experiencia, un angustioso presente, una desconfianza en los mayores, un futuro incierto. ¿Cómo recomponer una situación tan viciada?

La respuesta es personal y pide un cambio radical de actitudes por parte de todos. La avaricia es el desmesurado afán de poseer y adquirir riqueza, y siempre con la referencia de quien quiere triunfar con las armas del egoísmo y del orgullo. Resulta difícil pensar que eso tenga alguna justificación cuando el ascenso de unos comporta irremisiblemente el hundimiento de los demás. Por eso, el problema que causa la avaricia, como también la codicia en el ámbito del deseo y, en una visión más amplia, la especulación, es la de unas relaciones inhumanas que han envenenado el tejido social hasta provocar una desprotección sin salida. ¡Y lo están pagando los más pobres!

A pesar de todo, alguna salida habrá, o podemos hacer que la haya. Es cierto que hay crisis, pero aún es más cierto que están apareciendo valores que hacen frente a mucha irresponsabilidad personal y a desequilibrios sociales. Me ha emocionado leer la carta que ha enviado una familia al equipo de profesores y empleados de una escuela cristiana. En ella agradece su labor educativa basada en valores éticos hacia las personas, acción que ha sido decisiva en el comportamiento ejemplar de su hijo en el momento de atender a quien padece más necesidades entre ellos, como es el caso de un abuelo enfermo. Los padres han querido agradecer la excelente formación —éstas son sus palabras— que ha recibido su hijo.

Ciertamente, hay bienes que no se cotizan con euros ni con fáciles aplausos, ya que su precio es infinito y sobrepasa cualquier cálculo. Apostar por estos valores del espíritu significa dar un giro radical a la vida, a su acostumbrada forma de organizarla cuando sólo se piensa en el propio yo o en los bienes materiales que se pueden conseguir. Más allá de la avaricia hay alguien que, porque ama, busca el bien del otro por encima de todo. ¡Y eso es verdaderamente ejemplar!

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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