La Paz, don de Dios y obra humana

A menudo me pregunto si cuando nos damos la Paz o nos la deseamos, somos conscientes de que se trata de la Paz que el Señor nos da. Es la Paz con Dios —nos dice Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz— de quien quiere vivir según su voluntad: Paz interior con uno mismo, y Paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Paz, que es construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia.

Un mensaje que es para meditarlo y que se enmarca en las coordenadas del mayor deseo que experimenta la familia humana y de la crisis global que la asedia. Vivimos la tensión provocada por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, a causa del predominio de una mentalidad egoista e individualista, que se manifiesta en un capitalismo financiero no regulado. Y, en medio de todo esto, sufrimos actitudes fundamentalistas que distorsionan el verdadero sentido de la religión, cuando ésta justamente existe para favorecer todo lo contrario: la comunión y la reconciliación entre todos.

La Paz, don de Dios y obra humana. Don de Dios porque estamos abiertos a él y tenemos capacidad de recibirlo. La Paz —dice el Papa— presupone un humanismo abierto a la trascendencia y la ética de la Paz es ética de la comunión y de la participación. Un don que nos es propuesto, que lo recibimos desde nuestra dignidad de hijos de Dios —como dice Jesús en las bienaventuranzas— y de quien espera una generosa respuesta de acogida.

Un don que proviene de Dios es para comunicarlo en su medida, no en la nuestra. Es maravilloso pensar que cuando se acoge a Jesucristo, Hombre y Dios, Él que es nuestra Paz, vivimos la alegre experiencia de este inmenso don, que es compartir la propia vida de Dios.

Implicados, pues, en este don de la Paz que recibimos, nuestro trabajo deberá ser siempre a favor de la vida y de la dignidad de las personas, desde su concepción hasta su final natural, responsables de la edificación de una sociedad en Paz que promueve todas sus dimensiones: personal, comunitaria y trascendente, y no tolera que se atropelle a nadie. Un esfuerzo que hay que compartir con quienes trabajan por la Paz desde el diálogo con Dios en la oración y aportando una acción transformadora.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona

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